ARCADIA TROPICAL

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Arcadia tropical 

Pinturas de Ixrael Montes 

I 

¿Caminé por la noche de Oaxaca, inmensa y verdinegra como un árbol…? preguntó para siempre el poeta Octavio Paz en Piedra de Sol, ese himno de lo humano inconmensurable. Oaxaca es esa geografía que estalla y danza como un pulso inexorable en la experiencia de escritores y artistas que han echado anclas o han pasado por aquí como un relámpago. En esta geografía todo es memoria de aroma terrestre. Aquí tiene y es su lugar de Ixrael Montes. Ha pasado el pincel por la inmensa y verdinegra noche de Oaxaca para escribir su crónica: un paraíso quimérico y una exploración vivencial de recuerdos íntimos. Originario de la costa oaxaqueña, al sur de México, ha tejido un telar con bejuco tropical y leyenda para ofrecer su versión al mundo. Esta naturaleza es lo que hace a la pintura, universal.  

II 

Treinta años son apenas un pellizco al tiempo, pero suficientes para un testimonio de cabalidad artística. Estas pinturas son la trasfiguración de las alegorías occidentales –muertas de sueño– a un escenario surrealista donde un paisano disfrazado de tejorón* le hace un cuento al cocodrilo y al cangrejo. Sueño o aparición entre manglares, pangas, gallos, pájaros sin nombre en la ingravidez del lienzo y el lúdico guiño del autor. Los argumentos también acuñan la lección del amor y la familia. Es la fiesta interminable de Montes entre carnavales, sones, coplas y la inesperada dualidad del diablo** y sus disfraces. Las nervaduras del trópico se perciben en el color y sus ingredientes silvestres. También hablamos de un «lenguaje» enigmático y de elegante compensación iconográfica. Por ejemplo, quien visita la sala se puede detener ante un cuadro donde predomina un rojo expresivo y en su contexto descubrir las sutilezas figurativas como la máscara que es animada por un par de peces y una palmera que sirve de vertical y cabellera. Detrás de ella salen picos de gallos que husmean o se entretienen con las tenazas de un cangrejo de confabulación erótica. Otra pintura da por manifestar la fuerza mágica de la inventiva mediante sobreponer en el primer plano un gallo negro de pelea, al asecho. Detrás de él se erige un tótem sui generis; es una imagen angustiante cuyo fondo clarificado lo convierte en una isla que desvela su extraña psicología. Nos alegra que Ixrael Montes coincida con el pensamiento de El Espectador. Que su obra pictórica contenga un instinto radical de vitalidad y vaya a contracorriente de la plasticidad ficticia, ornamental y farsante. En la fiesta de la Arcadia tropical nacer es naturarse, volver a la naturaleza. Venga pues. El arte es el camino.  

III 

La riqueza de elementos endémicos dispuestos en un marco subjetivo conforman un largo pasadizo donde la obra de Ixrael Montes toca sus propios tonos. Las resoluciones creativas ofrecen una amplia gama de lecturas que van desde lo antropológico hasta un corolario de fantasía y divertimento. A estas alturas una pintura es un legado, no solo como objeto de arte, sino como un fragmento de la propia historia que se construye a fuerza de palabras o de pincel. De colores que van de la mano con el espíritu, que a veces nos asoman al caos o a la belleza. Pintar es la manera de participar para darle otra cara al mundo. De oponerse a los vacíos seculares. Es también un volverse así mismo. La atmósfera de la pintura puede despertar las fibras más sensibles. En Arcadia tropical se impone la gracia por partida doble, es elocuencia estética pero asimismo lleva trozos de alma, memoria, coraje y alegría. Es remembranza de infancia y yerba, de manos cariñosas, de sorpresa y gratitud.  

IV 

La pintura es confluencia. Es vida. 

*De Tejorones; danzante de un baile típico de la costa oaxaqueña.  

**Diablo; referente a la Danza de los diablos; baile autóctono de Oaxaca. 

Prólogo de Edgar Saavedra.